Gurú se llamaba, al igual que Tura, era otro can de una de las razas canarias más emblemáticas de las islas, el presa canario, que junto al pastor de Fuerteventura y al pastor Garafiano de la isla de la Palma, mantienen viva parte de la diversidad interesante de este archipiélago canario tan peculiar, gracias al esfuerzo de personas generosas que llevan mucho tiempo dedicando su energía constante al mantenimiento de las razas de los animales, que tanto tiene que ver con la cultura y el cultivo de valores de un pueblo tan emblemático como las Islas Canarias.
Pues bien, Gurú, el presa canario se criaba en casa junto a Tura la bardina de Fuerteventura y junto a Gara, una hembra de pastor Garafiano, donada por un experto de Santa Cruz de La Palma, persona amable de corazón y erudito en temas de ecología.
Podéis imaginaros lo que supuso hacer este esfuerzo y también el disfrute que experimenté al criar tantos cachorros, que me seguían por todas partes allí donde yo estuviera en el jardín, y cuando entraba en la casa y los dejaba fuera, su pequeña sesión orquestada de llamadas y quejidos se hacía oír hasta que comprendían que era tiempo para su siesta y que mas tarde volvería a haber entrenamiento, juegos y abrazos.
Hasta que llegó también otra princesa llamada Brisa, de estirpe refinada, podenco canario que, nos fue cedido dándonos esta confianza ya que era el mejor ejemplar de las últimas camadas.
Ya os estáis haciendo cargo de la algarabía que podía existir todos los días en esta casa llena de cachorros, atendidos en parte por una niñera especial, Rufo, el perro terapeuta canttor, del que ya os he contado su historia. Este permitía que se le subieran encima, que mordieran sus patas, pero él era el único que podía dormir dentro de casa, ese honor era merecido dentro de la jerarquía canina impuesta por nosotros.
Pronto los cachorros hicieron dos grupos para los juegos, uno capitaneado por Gurú, el presa canario; amigado con Gara, la hembra de pastor Garafiano; y el otro grupo mandado por Tura, la hembra bardina de Fuerteventura, seguida de Brisa, podenco canario como su sombra.
Cada uno de ellos tenía un don. Gurú era la potencia y la fuerza, cuando venía corriendo hacia ti sólo podías imaginar que sin duda un animal de tanta envergadura te derribaría hasta tocar el suelo, pero justamente se detenía en seco a unos pocos centímetros de tu cuerpo para jugar. Gara, con su pelaje leonado era especial por su bondad y buen carácter.
A Tura, tal vez la más inteligente, tan flexible y atenta, le daban unas subidas de amor tan intensas que necesitaba tu mano en su boca para lamértela y que le dedicaras atención sólo a ella. Su amiga de juegos Brisa, era tan ágil y etérea que saltaba como un cervatillo a los sitios más inverosímiles.
Pronto salieron del jardín de casa y se adaptaron a estar en la finca, cada uno de ellos en su cómodo y largo recinto. Durante el día estaban solos para ser admirados por los adultos y los niños visitantes durante las clases, y por la tarde al atardecer los soltábamos para su hora de juegos y lecciones de adiestramiento.
Gurú ladraba a ratos, lastimero porque echaba de menos a su amiga, que le era indispensable; y a sus compañeros de juego. Su recinto lindaba con un muro de piedra que detrás tenía un cantero vallado con aguacateros y mangos, y por el otro lado su valla y la puerta de salida que claro, estaba bien cerrada. La anchura del recinto era de dos metros con mucho espacio a lo largo para correr y hacer ejercicio.
Empezó a hacer su análisis del lugar, y una tarde nos asombró dando un salto por encima del muro de piedra. Por un estrecho espacio entre la valla y el vacío salió de su casa todo contento, viniendo a contarnos su hazaña y a saludar a su amiga, a la que ya amaba y de la que no quería separarse ni un minuto, intentando, desde su amor adolescente abrir la puerta con la pata en otro de los recintos preparados, donde ella vivía.
No recibió ninguna reprimenda, pero elevamos el muro de piedra cincuenta centímetros más para que no se marchara cuando le viniera en gana. Pero su instinto era más fuerte que el muro, su fuerte musculatura más potente que las piedras colocadas.
Una noche clara en la que con un buen amigo, escogíamos gallos a la luz de la luna para la clasificación de cada especie, Gurú superó el alto muro de nuevo, trepando como un escalador experimentado para nuestro asombro.
Susto, risas, cacareos, sujeción y correa, bronca suave y al final obediencia.
A partir de ese día no volvió a escaparse de su recinto, su tristeza se cambió en adaptación, su queja en aceptación de la nueva orden dada, cualidad indispensable para seguir vivo, esperando con anhelo el momento de salir a jugar y a correr por la finca con sus amigas. Todo fue espontáneo, todo salió bien.
La verdad es que el único bien común serio que nos queda a los humanos es la capacidad de adaptarnos, la más espontánea y de acción inmediata. La naturaleza tiene todavía mucho que enseñarnos.
Ella trabaja sin descanso para nosotros, y son al menos tan valiosa como todo lo considerado valioso para las a veces depredadoras consideraciones hacia ella. Porque ya hoy en día resulta que es un lujo ver un entorno funcionando correctamente, no quiero pensar que tendremos que crear nuevas colonias habitando otros planetas cuando hayamos agotado la energía de este planeta azul, esto me produce escalofrío.
Cada vez hay un poco más de conciencia de hasta donde podemos llegar, esto se puede considerar una clara apuesta progresista. Hay placeres sencillos, muy cerca, placeres pendientes, que sólo esperan que los aceptemos para madurar dentro de cualquiera de nosotros. Encontrarlos es también, un poco, como decía el poeta, encontrarnos un trocito de nosotros mismos.
Cuando algo pasa, ¿te adaptas rápidamente aunque mantengas tu pensamiento? Piensa en ello, la adaptación es una nueva forma de vitalidad.
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