Las tres tendencias que nos tienen atados a la rueda del sufrimiento. Rechazo, identificación, e insensibilización.
Las grandes tradiciones del desarrollo humano nos amplían la visión comprendiendo estas tres tendencias básicas que nos mantienen atados a la rueda del sufrimiento.
1º La tendencia a rechazar lo que nos resulta difícil o doloroso.
2º La tendencia a identificarnos con algo sólido que nos proporcione consuelo y seguridad.
3º La tendencia a insensibilizarnos para no experimentar, los problemas inherentes al placer y al dolor, a la pérdida y a la ganancia.
La primera de estas tendencias, es la tendencia a huir de lo que nos resulta difícil o desagradable. Cuando nuestro yo está debilitado, el ego que no se siente lo bastante fuerte como para afrontar las dificultades, busca el modo de eludir los sentimientos. Así pues, intentamos escapar de los problemas no resueltos de la personalidad que no ha madurado lo bastante y sigue condicionada, por lo que es uno de los principales peligros que no nos dejan madurar, rechazamos porque nos molesta algo, nos hiere o nos desestabiliza emocionalmente, es cuando actúa este patrón y al sentir nuestra pequeñez o incapacidad para enfrentar el requerimiento del otro, la rabia se adueña de la situación turbando nuestra claridad mental y llegando a hacer tonterías. Es así de simple.
¿Te ves reflejado/a en algo de ti que te impide estar en paz?
La segunda tendencia -la tendencia a la identificación y el estancamiento suele ser una de las trampas más sutiles en las que nos metemos por morbo. Algunas personas encuentran fascinante escarbar en sus sentimientos, razonamientos, ideales arquetípicos, sueños y relaciones, y permanecen continuamente absortos en su mundo psicológico sin abrirse de verdad.
Y resulta mucho mas complicado al considerar el trabajo psicológico y de consulta como la culminación del viaje que puede abocar a un callejón sin salida que no haga sino alentar nuestros errores ego- centrados. Es por lo que intento desde aquí amigo, ir abordando nuestras verdades más profundas y nuestra bondad original, que se deja traslucir en tu persona.
Realmente nunca llegaremos a drenar por completo el pantano, ya que este es un trabajo de superación de por vida y aceptar esto sin drama, es un síntoma de la inteligencia humana. Por esto, el hecho de centrar nuestra atención desproporcionadamente en los dramas personales, los conflictos internos, el morbo; puede llegar a convertirse en una trampa sutil que nos impida trascenderla.
A veces lo que detiene el proceso de maduración por auto-investigación es esa rabia contenida, esa impotencia, ese malestar que reproducimos, ese enfado que no hemos podido echar fuera por nuestra confusión momentánea, como nos hubiera gustado tener otra segunda oportunidad de tener una primera oportunidad de vernos en esa misma situación y hablar con claridad, desde dentro de nosotros mismos, con respeto, con dignidad y con claridad que permita que haya llegado a nuestro interlocutor/a y nos hayamos quedado contentos con nuestra reacción, incluso más, haber conseguido que el otro/a, no haya llegado a enfadarse consigo mismo por la claridad y compasión de nuestro alegato.
Esto es cuestión de práctica y repaso mental de lo aprendido.
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La tercera tendencia, la tendencia a insensibilizarnos tanto de nuestra experiencia personal como de nuestra vocación espiritual, la que todos los seres humanos tiene muy dentro; es una de las trampas más comunes de nuestra sociedad, separándonos y haciéndonos insensibles a los requerimientos auténticos del otro/a, para evitarnos reconocer que estamos equivocados, haciéndonos y haciendo daño. Está claro que nos cuesta un gran esfuerzo sobretodo al principio, luego de un buen entrenamiento y atención como medida en los momentos clave, acabamos por perderle el miedo, le cogemos el puntito que tiene y se convierte en nuestra misma naturaleza ser así de esenciales.
Pero todos nosotros tenemos una parte a la que le gustaría ocultarse y pasar la vida realizando el menor esfuerzo posible, con justificaciones como:”yo paso de todo, al final no pasa nada, son problemas sin solución y lo mejor es pasar de ellos… etc”. Esto es, precisamente, lo que conduce a los enganches tan frecuentes en Occidente -como la dependencia de eso mismo que nos duele o nos molesta y que no nos hemos trabajado. También nos creamos dependencias adormecedoras como son la televisión, los espectáculos deportivos, el consumismo, el alcohol y la drogadicción, formas de no pensar en nada, y evitar así afrontar las dificultades de la vida.
Esto no quiere decir llegar a extremismos, un buen rato de TV, un descanso, un curso de algo agradable, etc. Forman parte de todo lo que tiene que ver con nuestra actividad diaria.
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Las tres dimensiones de la condición humana de las que habla la filosofía china tradicional -el cielo, la tierra y el ser humano pueden ayudarnos a sortear estos tres grandes peligros.
Dicho en palabras muy sencillas, somos seres que permanecemos erguidos con los pies sobre el suelo y la cabeza orientada hacia el cielo. Nuestros pies se asientan en la tierra y no tenemos más remedio que permanecer donde estamos, lo cual implica la necesidad de respetar el mundo y a nosotros mismos en el plano horizontal y a personas y cosas que nos rodean. Este es un principio terrenal, respeta y serás respetado como acto de supervivencia.
Pero nuestra cabeza también se halla simultáneamente orientada hacia el cielo que nos rodea y nos permite ver cosas que se hallan mucho más allá de los intereses y preocupaciones ligadas a la supervivencia inmediata, como el horizonte, las estrellas, los planetas y el espacio inmenso que rodea la Tierra. A pesar del aparente significado de las preocupaciones terrenales, basta con ascender tres mil metros de altura, acercarte a las Cañadas del Teide, observar su dimensión sagrada, para que las cosas empiecen a perder parte de su importancia.
Y, si todavía subimos más arriba –como hacen los astronautas, todo acaba convirtiéndose en una mancha diminuta. Cuanto más ascendemos verticalmente -algo que nuestra conciencia siempre puede hacer—, más nos adentramos en el espacio insondable. Y es que la conciencia humana no pertenece tan sólo a esta tierra, y nuestra vida sólo cobra sentido en el trasfondo que le proporciona el espacio infinito. Éste es el principio celestial.
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La postura humana básica -con la cabeza y los hombros erguidos y los pies firmemente asentados en la tierra que nos sostiene expone al mundo nuestra parte delantera. Los animales que caminan a cuatro patas protegen su parte delantera y las púas del puerco espín mantienen alejados a los predadores, pero el ser humano camina exponiendo al mundo su vientre y su corazón, los centros en que se asienta el sentimiento.
Sentir es responder corporalmente al mundo que nos rodea, algo que, le prestemos atención o no, está ocurriendo de continuo. Y es precisamente esta exposición al mundo de nuestra parte delantera más vulnerable la que permite que el mundo y los demás puedan conmovernos. Este es el tercer elemento -el elemento específicamente humano de la tríada cielo-tierra-ser humano.
Cuando no prestamos la atención debida a estas tres dimensiones, nuestra vida se distorsiona y desequilibra. Si sólo nos ocupamos de las cuestiones ligadas a la supervivencia y a la existencia inmediata acabamos pegados a la tierra y hundiéndonos en el fango, viviendo vulgaridades que no nos dan nada. Si, por otra parte, no tenemos adecuadamente en cuenta nuestras necesidades terrenales, acabamos desconectándonos de la tierra y perdiéndonos con la cabeza en las nubes. Si, por último, tratamos de dejar de lado nuestra ternura, acabamos atrapados en la coraza del carácter que desarrollamos para proteger nuestros vulnerables centros sensibles y nos endurecemos.
Y es que, aunque no tengamos el caparazón del armadillo ni las púas del puerco espín, nosotros desarrollamos las defensas del ego. Ser plenamente humano significa tender puentes entre la tierra y el cielo, entre la forma y el vacío, entre la materia y el espíritu; ya que nuestra humanidad se expresa en el corazón, en la profundidad y la ternura que se abre en la intersección entre esos dos polos.
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Un abrazo.
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