Recostadas en un rincón del cuarto, llaman la atención dos pares de muletas y varios bastones. Erika parece leer el pensamiento: «Pertenecieron a personas que vinieron a suicidarse solas y se quedaron aquí». El alemán que finalizó sus días en esta misma cama a las tres de la tarde también lo hizo en soledad. Llegó con dos amigas, se despidió de ellas y les pidió que se marcharan.No quería que sufrieran viéndolo morir.
En la esquina opuesta de la habitación, hay un equipo de sonido, y un montón de CDs se apilan en el suelo, música clásica y de meditación sobre todo. «Si lo desean les pongo alguno», continúa nuestra guía, «en general están de buen humor antes de morir.Algunos hablan durante una hora o dos, me cuentan su vida. Otros llegan y desde la puerta me dicen que quieren acabar lo antes posible. A veces les preparo café o se fuman un cigarrillo».
Hay quien entra con cosas aún pendientes. Como una señora que solicitó que le dieran tiempo para acabar un libro que tenía entre manos. Tres horas le costó alcanzar la última línea.
La primera vez que M.L, la mallorquina que acompañó a su madre a morir en Zúrich, supo de la existencia de este lugar fue en septiembre del año pasado. Su madre, nacida en Alemania pero afincada en España desde 1966, acababa de regresar de su país natal. Había pasado unos meses allí, confiada en que el clima germano haría algo de bien a sus pulmones. En televisión vio un reportaje en el que se hablaba de Dignitas y no se lo pensó.
Marcó el teléfono de Ludwig Minelli, el presidente de la asociación, y planificó, paso por paso, su propia muerte. Envió una carta (norma de la casa Dignitas) explicando por qué quería morir, remitió todos los informes médicos que certificaban que su mal no tenía cura y esperó la respuesta de Minelli. «Luz verde», le dijo éste vía telefónica.
En septiembre volvió a Mallorca y habló con la hija. «Me dijo lo que iba a hacer, que pensaba morir el 7 de noviembre. Por un lado lo acepté, pero por otro pensé: "Todavía no, todavía no". Fue tan difícil... La cabeza me decía que sí, pero el corazón que no. Cuando tienes a un familiar muy enfermo sabes que todo se va a acabar en unas semanas o en unos meses, pero conocer la fecha exacta como la supe yo... Que quedan tres días, dos, uno... Eso es muy doloroso, aunque te da la oportunidad de despedirte bien, de decir cosas que de otra forma no dirías. Finalmente le dije que sí, que me parecía una buena solución, pero que no lo hiciera tan pronto. Ella sabía que no podía esperar mucho más porque se quedaría sin fuerzas para viajar hasta Zúrich».
Un día antes de la fecha que la jubilada de 78 años había marcado en el calendario como el último día de su vida, ambas hicieron las maletas. «Me dijo que si yo no quería acompañarla podría ir otra persona, pero ni se me pasó por la cabeza. Lo mínimo que podía hacer era estar allí».
Cogieron un avión sólo hasta Barcelona porque la enferma no aguantaría un vuelo más largo. Luego un tren hasta Milán y otro más hasta Zúrich. Tardaron 24 horas en alcanzar su destino, con cuatro de retraso sobre el horario previsto. «Fue un viaje muy accidentado y me supo muy mal por ella; no tenía que haber pasado ese estrés».Lo que más rabia le dio, se sincera, es que su madre no pudiera solicitar que le practicaran la eutanasia en su propia casa, en España.
Bélgica y Holanda son los dos únicos países del mundo que han legalizado la eutanasia. Y si Dignitas existe en Suiza es gracias a un resquicio legal, el artículo 115 del Código Penal helvético: «Cualquiera que por motivos egoístas instigue al suicidio o preste ayuda será castigado, si el suicidio ha sido consumado o intentado, con prisión de hasta cinco años». De lo legislado se desprende que no habrá pena si se ayuda a otro a morir de modo totalmente altruista.
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