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Dignitas no cobra por sus servicios, salvo la cuota anual que pagan los socios. Todas las personas que colaboran con la asociación -los médicos que recetan la droga mortal, los psicólogos que examinan al suicida y las enfermeras y los voluntarios que los acompañan en el trance final- no reciben ningún pago por ello.Por eso su conducta no puede ser tachada de delictiva.

Aunque también es cierto que la asociación recibe jugosas donaciones de sus socios, agradecidos porque les faciliten el último viaje.«Nunca pedimos nada», explica el propio Minelli, «a veces realizamos el servicio sin otro pago que la cuota de socio, pero en otras ocasiones, más tarde, nos llega una cantidad».

En la misma cocina donde tomamos café, Erika Luley suele escenificar el ritual de la preparación de la droga. Mezcla en un vaso agua y 15 gramos de pentobarbital y le da vueltas. El suicida debe coger el recipiente con sus propias manos y tomarse el contenido sin ayuda. Si alguien lo hiciera por él, la muerte sería considerada un asesinato.

El alemán que se ha suicidado hace unas horas sólo podía alimentarse a través de una sonda conectada a su estómago. Así que ha tenido que valerse de una jeringuilla. «Mira, una como ésta», dice Erika abriendo de nuevo un cajón de la cocina, «tuvo que empujarla él mismo porque nosotros sólo estamos para acompañar».

La enfermera, una mujer alta y atlética, de ojos azules y pelo gris, lleva 20 años cuidando a enfermos terminales. En los últimos cinco, como acompañante (que así le gusta llamarse) de suicidas en Dignitas, ha visto, a pie de cama, historias estremecedoras.Hace tres meses preparó el brebaje para un joven de 32 años que sufría desde los 14 una enfermedad mental incurable.

En otra ocasión, para un joven alemán de 34 años, profesor de Educación Física con esclerosis múltiple. Había escrito una carta a Dignitas contando que su madre ya no podía cuidar de él, que lo iban a ingresar en una institución y a conectarlo permanentemente a una máquina. «Y la semana pasada un hombre alemán viajó durante 10 horas en tren para poder llegar aquí. Tenía un cáncer en la cara y como su rostro estaba destrozado hizo el trayecto cubierto con un pañuelo».

LOS QUE SE ARREPIENTEN
No todos los que han entrado aquí con la intención de morir se atrevieron a dar el último paso. Entre los arrepentidos figuran una alemana que regresó dos semanas después, una libanesa que aplazó el suicidio tres meses y un alemán del que nunca jamás se supo. De hecho, el año pasado 40 de los socios de Dignitas fallecieron en sus casas por causas naturales.

La mallorquina no dio marcha atrás. A las cinco de la tarde del 7 de noviembre, M.L y su madre vieron por primera vez a Ludwig Minelli. Hasta entonces cualquier comunicación con él y todas las gestiones se habían realizado por teléfono o por correo.Las recibió en su casa, que hace las veces de sede de la asociación.Dignitas no cuenta con más infraestructura que el despacho de Minelli y el apartamento de la calle Gertudestrasse, utilizado, exclusivamente, para morir. Ya en persona, un médico se cercioró de que la suicida era enferma incurable y deseaba la muerte.

A las 19.00 horas Minelli las acompañó hasta el piso. «Mi madre entró caminando por su propio pie. A las nueve o así se tomó la bebida. Lo que pasó allí y lo que me dijo antes de irse es una cuestión muy íntima que me guardo para mí. Estuve con ella hasta el último momento. Fue como si se quedara dormida, hasta que el corazón...», interrumpe el relato, aún conmovida, M.L.

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